sábado, 4 de junio de 2016

De amistades inesperadas

Llegas a una edad en la que te crees que ya nada (o casi nada) te va a coger de nuevas. En la que te crees que lo único que marcará el resto de tu vida serán los hijos, en los que te centras, pues son tu proyecto más importante y hermoso.
Te acomodas en una soledad más o menos llevadera, con tus rutinas, tus pequeños desahogos y tus grandes frustraciones. Miras a todos los amigos que has tenido en las diferentes épocas con una mezcla de nostalgia y rabia por haberte distanciado de algunos, y haber perdido del todo a otros.
Crees que todo va a ser como está para el resto de tu vida, con pequeñas sorpresas, algunas buenas, otras no tanto, porque llegando a la mitad de la duración de tu aventura por este mundo ya empiezas a tener que despedirte de más gente de la que recibes.
Te haces tu huequito de confort, sin grandes aspavientos, ni para bien, ni para mal, simplemente vas llevando los días.
Y de repente te rompen todos los esquemas que tenías establecidos.

Cuando ya piensas que no vas a conocer a nadie que te vaya a cambiar la vida, aparece un grupo de gente que te la pone patas arriba y que lo trastoca todo.

Como pequeñas cuentas de colores, cada una de ellas especial, única, brillante, he tenido la grandísima suerte de encontrar personas tan increíbles que sólo puedo dar gracias por haberme cruzado con ellas, y por haber llamado su atención el tiempo suficiente como para conocerme y valorarme.

Ahora ya nada es como era.

La soledad ha dejado de ser llevadera, porque descubres que en compañia las risas son más gratas y las penas menos duras.
Ya no miras atrás con nostalgia. Para qué, si puedes mirar hacia adelante con una sonrisa en los labios.
Sabes que ya nada va a ser igual, porque en un grupo, cada día hay una pequeña historia que arreglar, una anécdota que compartir, una mala cara que aliviar o una tristeza que llevar juntas.
Le das una patada a tu huequito de confort, y te calzas las botas de descubrir, porque sigues descubriendo, espoleada por las que caminan a tu lado. No delante, ni detrás. Al lado, prestas y dispuestas a tender una mano amiga cuando flaquean las fuerzas y a compartir una carcajada cuando te entra la vena loca (que ahí sigue, y que espero que siga mucho tiempo más).

Y ¿qué haces en ese caso?. Pues lo único que puede hacerse. Dar gracias, pero no al tal dios que unos señores vestidos de sedas y oro predican. Tampoco al destino, que otros quieren hacerte creer que guía tu vida desde el nacimiento, condenándote a acabar como se supone que debes hacerlo por mucho que intentes cambiarlo. Ni siquiera al azar, porque creo firmemente que hay cierto tipo de energía que todos tenemos, que tiende a agruparnos con nuestras afinidades, pero también con nuestras diferencias, porque nada hay tan enriquecedor como una opinión diferente a la tuya.

Les das las gracias a ellas, por haberse puesto en tu camino, por haber aceptado acompañarte y compartirlo contigo, por no haber mirado para otro lado el primer día que os cruzásteis, por seguir caminando junto a tí en los momentos divertidos y en los jodidos.

Nunca me había sentido tan afortunada. Sólo espero ser capaz de devolverles un poquito de todo lo que ellas me están dando.

Gracias.