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miércoles, 8 de marzo de 2017

De mujeres afortunadas

Tengo mucha suerte. Me lo dicen siempre. No sé de qué me quejo. Tengo mucha suerte porque vivo en un país en el que como mujer puedo trabajar. No importa que haciendo el mismo trabajo, cobremos menos que los hombres, o tengamos que trabajar el doble de duro para demostrar que somos dignas del puesto, ni que tengamos que elegir entre ser madres o trabajar, ni que en caso de emergencia se dé por supuesto que somos nosotras las que debemos de renunciar a la carrera profesional.

Soy afortunada. Después de todo vivimos en un país en el que se nos respeta, dicen, no como en otros en los que te expones a ser violada, vejada, humillada o utilizada por el mero hecho de ser mujer. Eso aquí no pasa. Aquí ningún hombre se cree con derecho a decirte lo buena o lo gorda que estás, o lo que te haría, o llamarte puta porque se te haya ocurrido responderle que no te apetece escuchar su opinión sobre tu cuerpo, muchas gracias. Aquí ningún hombre se cree con derecho a meterte mano porque le apetece, porque después de todo, es que vas provocando, si sales vestida como te da la real gana.

Tengo mucha suerte. Aquí podemos caminar seguras por la calle, no como en otros países. Porque lo de que un grupo de energúmenos te violen porque vas borracha, o porque les apetece, que para eso estamos, eso sólo pasa en países como la India. Aquí no tienes que volver a casa a paso ligero por la noche, sea porque acabas de salir de trabajar, sea porque has salido un fin de semana y te toca volver sola. Aquí no se te acelera el pulso cada vez que te cruzas con un hombre que te mira un poco más de la cuenta, ni vas echando miradas cada diez pasos por encima del hombro, porque no estas segura de si ese grupo de chicos que te ha dicho de todo cuando has pasado por delante de ellos, ha decidido que si una mujer va sola por la noche es que está pidiendo guerra. Y que no se haga la digna y lo niegue, que eso lo sabe todo el mundo.

Soy afortunada. En este país no tenemos que ver en prime-time programas que nos dejan como un mero objeto de consumo y babeo, como un par de tetas con el aderezo de un culo y unas piernas que sirven exclusivamente para que el sector masculino de la audiencia se quede clavadito en el sofá y no se le ocurra cambiar de canal. Y si para eso hay que poner un buen escote a la presentadora, reirse de la invitada o que el presentador acose y humille a todo ser femenino que se cruce en su campo de actividad, pues se hace, faltaría más. Después de todo, para eso servimos, para adornar, ser objeto de adoración, de chanza o de babeo.

Tengo mucha suerte. No necesito que nadie me de permiso para abrirme una cuenta en el banco, viajar, o abortar porque yo lo he decidido. Eso ya es pasado. Ahora soy dueña de mi vida. Puedo hacer lo que me da la gana sin tener que dar mil explicaciones de porque he tomado una decisión o la contraria. No tengo que justificarle a nadie porque he decidido tener o no tener hijos. Nadie me va a juzgar porque haya tomado un camino u otro.

Y sobre todo, soy muy pero que muy afortunada. Después de todo en este país no corremos peligro de muerte simplemente por ser mujeres. Aquí no se nos mata por no someternos al hombre. Aquí todas somos libres de abandonar a nuestra pareja si nos maltrata.

Que suerte tenemos todas las que vivimos en este país, ¿verdad?

miércoles, 14 de diciembre de 2016

De sinvergüenzas y cabreados

Soy una madre cualquiera, rondando los 40 años, que lleva casi 4 en el paro y con muy pocas esperanzas de retornar al mercado laboral en un puesto de trabajo medianamente estable.
En mi casa entra el sueldo de mi marido y la ayuda familiar, que está a punto de agotarse.

No hablo en nombre de nadie más que de mi misma, no represento a nadie ni me quiero poner como ejemplo ni ser abanderada de nada ni de nadie, aunque puede que algunos y algunas os veáis identificados conmigo, porque ya somos demasiados los puteados, los humillados, los cabreados.

Y me siento así de puteada, humillada y cabreada casi cada día, porque cada día me sorprendo menos con los escándalos con los que nos obsequian nuestros queridos politicuchos, me da igual del partido que sean, aunque reconozco que los que más me joden son los del partido en el gobierno, porque mientras destrozan sin compasión lo que una vez fue el famoso estado del bienestar, una tiene la sensación de que se chotean de nosotros a la puta cara, y nos restriegan día sí, día también que son ellos los que mandan, y que, por tanto, hacen lo que les sale de las narices.

Si no es así, que alguien me explique lo de la señora Villalobos, que dice que los trabajadores españoles salen tarde porque se quedan hablando de fútbol y toros.
Pues no, señora, algunos trabajadores salen pero que muy tarde, porque necesitan echar horas extras, horas que muchas veces ni se pagan, o se hacen a precio de risa, y todo para poder llegar a fin de mes, esa utopía que muchos ya nos hemos marcado como propósito de año nuevo, porque lo que es este, bueno, ya lo damos por perdido.

O que alguien me explique lo de la señora vicepresidenta del gobierno, que con todo su rostro, no solo utiliza su cochazo oficial (que pagamos entre todos) para irse de compritas al Primark, sino que encima lo aparca en el carril bus, que para que coño va a pagarse un parking como un vulgar currito.

Y ya el remate lo da la "señora" (permitidme el entrecomillado, que lo de que sea señora, por mucho título que tenga, lo pongo muy en duda) Aguirre, cuando sale a defender a su compi, soltando que claro, el sueldo de político solo llega para ir al Primark, pobre Sorayita, comprando bragas de 5€ el paquete de 6.

"Señora" Aguirre, lamentablemente, en esta mierda de país que nos están componiendo ustedes, la mayoría de los curritos se da con un canto en los dientes si puede ir al Primark a comprarse ropa, porque, aunque a usted le parezca indigno de su persona llevar ropa de esa marca, a algunos nos cuesta llegar incluso a ella.

Los que sí que tenemos que mirar (y bastante) el saldo de nuestra cuenta, no como su amigo Mariano, ni como usted, que estoy segura de que no lo necesita, nos echamos las manos a la cabeza cuando llega el 15 de cada mes, porque vemos lo que nos queda en la cuenta, y lo que nos queda por pagar, que las más de las veces supera con creces el saldo. Así pues, lo de ir a comprar a Primark lo tomamos como un extra, y nos lo miramos muy pero que muy bien, y muchas veces vamos porque no queda otro remedio, porque los niños tienen una manía de crecer que no es normal, y claro, los muy puñeteros necesitan ropa cada dos por tres, mire usted si serán desgraciados.

"Señora" Aguirre, señora Villalobos, señora Saez de Santamaría, ya que están ustedes tan preocupadas de su economía y de las necesidades de los españolitos de a pié, como demuestran continuamente (¿es necesario que ponga que lo anterior es una ironía? Por si acaso...),e intentan darnos sus sabios consejos a la vez que lamentan amargamente que su indigno sueldo les lleve a rebajarse a comprar en tiendas en las que compra el populacho, permitan que yo les devuelva humildemente el inmenso favor que nos hacen al velar por nuestros intereses y desvelarse con nuestros quebrantos y dejen que sea yo la que esta vez les de un consejo. No nos tomen por gilipollas.

Porque, aunque les pese, su futuro político está en nuestras manos, y aunque ya son muchas las veces en las que me he llevado la ostia pensando que nos habíamos hartado de ustedes y su morro, pero no, otra vez que vuelven a ganar, todavía tengo la esperanza (je, que gracia que salga esa palabreja) de que un día les demos una patada en el culo tan sonora que la registren los sismómetros de medio mundo, y que su relamido y mimado trasero esté resentido durante los mismos años que ustedes llevan puteando, humillando y cabreando al personal.

Así que, hágannos un favor a todos, y cierren la boquita, o al menos, piensen la estupidez que van a soltar por ella antes de quedar como imbéciles, que eso se les da de maravilla.

jueves, 11 de agosto de 2016

De lecturas nuevas que se hacen imprescindibles. Normal, de R. López Herrero.

Soy una lectora compulsiva, voraz. De esas que se sumergen en el mundo sobre el que trata el libro. De las que cojen un personaje de referencia (no necesariamente el principal) con el que se enganchan. De las que no pueden parar de leer, forzando las horas con la excusa de "sólo una página más, sólo hasta el final del capítulo". De las que pasan un tiempo de duelo cuando terminan un libro, paladeándo el final o acordándose de la familia del autor por el mismo.

Normalmente soy fija en cuanto al género de la magia, la fantasía, el terror, la ciencia ficción, y todas sus mezclas y derivados.
Creo que me he leído todos los títulos de Stephen King, algunos hasta dos o tres veces (La Torre Oscura es mi totem), y estoy que muerdo esperando que salga lo próximo de Canción de Hielo y Fuego, entre otros.
Patrick Rothfuss, Joe Abercrombie, Robert Sanderson, nuevos descubrimientos para mí como Robin Hobb, eran mis autores.

Y de repente, un día, me descubro comprando Normal, de R. López Herrero, de quien sólo conocía su faceta radifónica y con el que he intercambiado algunos tweets.

Reconozco que compré el libro sin saber muy bien de que iba, y por la simpatía que me despierta el autor, del que me encanta la capacidad que demuestra en Twitter para reírse de sí mismo y de todo lo que se le ponga por delante, entrando al trapo con gracia en provocaciones y saliendo siempre airoso de discursiones de todo tipo.

Así que me lancé de cabeza a su lectura, con la mente más abierta posible, pues, como ya he dicho, el policiaco no suele ser de mis géneros preferidos, aunque he leído bastante de Camilla Läckberg y no me prodigo por autores españoles.

Y de cabeza me metí en una trama vertiginosa, apabullante en ocasiones, tanto como el propio protagonista. Me sorprendí devorando páginas casi con gula, haciendo mías las sensaciones de los personajes, sintiendo las emociones de todos y cada uno de ellos como si fueran propias. Odiando al malo y admirando a la chica, sintiendo la misma descarga de energía que afecta al protagonista cuando en su cabeza salta el chispazo que le lleva un paso más hacia la resolución del caso. Aplaudiendo con las orejas al llegar al final y absolutamente fan de la última página, donde todo queda tan abierto que invita a disparar la imaginación en las implicaciones de lo desvelado. Lo cual, quiere decir, querido Roberto, que ESPERO que haya más.

Los personajes son totalmente creíbles, los escenarios están muy bien descritos y las tramas principal y paralelas se acoplan perfectamente, haciendo que desees saber más sobre cada personaje. Todo es tan realista, que si mañana leyera en cualquier periódico un titular referente a un crimen parecido...bueno, pensaría que ojalá le dieran el caso a Félix Fortea.

Lo único que me queda por hacer es felicitar una vez más al autor, y recomendar encarecidamente a todos los lectores voraces como yo, sean o no aficionados al género policiaco, que se entreguen a la lectura de Normal. Puedo garantizarles que no quedarán decepcionados en absoluto.


sábado, 4 de junio de 2016

De amistades inesperadas

Llegas a una edad en la que te crees que ya nada (o casi nada) te va a coger de nuevas. En la que te crees que lo único que marcará el resto de tu vida serán los hijos, en los que te centras, pues son tu proyecto más importante y hermoso.
Te acomodas en una soledad más o menos llevadera, con tus rutinas, tus pequeños desahogos y tus grandes frustraciones. Miras a todos los amigos que has tenido en las diferentes épocas con una mezcla de nostalgia y rabia por haberte distanciado de algunos, y haber perdido del todo a otros.
Crees que todo va a ser como está para el resto de tu vida, con pequeñas sorpresas, algunas buenas, otras no tanto, porque llegando a la mitad de la duración de tu aventura por este mundo ya empiezas a tener que despedirte de más gente de la que recibes.
Te haces tu huequito de confort, sin grandes aspavientos, ni para bien, ni para mal, simplemente vas llevando los días.
Y de repente te rompen todos los esquemas que tenías establecidos.

Cuando ya piensas que no vas a conocer a nadie que te vaya a cambiar la vida, aparece un grupo de gente que te la pone patas arriba y que lo trastoca todo.

Como pequeñas cuentas de colores, cada una de ellas especial, única, brillante, he tenido la grandísima suerte de encontrar personas tan increíbles que sólo puedo dar gracias por haberme cruzado con ellas, y por haber llamado su atención el tiempo suficiente como para conocerme y valorarme.

Ahora ya nada es como era.

La soledad ha dejado de ser llevadera, porque descubres que en compañia las risas son más gratas y las penas menos duras.
Ya no miras atrás con nostalgia. Para qué, si puedes mirar hacia adelante con una sonrisa en los labios.
Sabes que ya nada va a ser igual, porque en un grupo, cada día hay una pequeña historia que arreglar, una anécdota que compartir, una mala cara que aliviar o una tristeza que llevar juntas.
Le das una patada a tu huequito de confort, y te calzas las botas de descubrir, porque sigues descubriendo, espoleada por las que caminan a tu lado. No delante, ni detrás. Al lado, prestas y dispuestas a tender una mano amiga cuando flaquean las fuerzas y a compartir una carcajada cuando te entra la vena loca (que ahí sigue, y que espero que siga mucho tiempo más).

Y ¿qué haces en ese caso?. Pues lo único que puede hacerse. Dar gracias, pero no al tal dios que unos señores vestidos de sedas y oro predican. Tampoco al destino, que otros quieren hacerte creer que guía tu vida desde el nacimiento, condenándote a acabar como se supone que debes hacerlo por mucho que intentes cambiarlo. Ni siquiera al azar, porque creo firmemente que hay cierto tipo de energía que todos tenemos, que tiende a agruparnos con nuestras afinidades, pero también con nuestras diferencias, porque nada hay tan enriquecedor como una opinión diferente a la tuya.

Les das las gracias a ellas, por haberse puesto en tu camino, por haber aceptado acompañarte y compartirlo contigo, por no haber mirado para otro lado el primer día que os cruzásteis, por seguir caminando junto a tí en los momentos divertidos y en los jodidos.

Nunca me había sentido tan afortunada. Sólo espero ser capaz de devolverles un poquito de todo lo que ellas me están dando.

Gracias.

lunes, 7 de marzo de 2016

Del 8 de Marzo y lo que nos queda

Mañana es 8 de Marzo, Día Internacional de la Mujer. Y es necesario. Todavía es muy necesario. Tal vez más necesario que en ocasiones anteriores. En 2016.

Es muy necesario porque mes tras mes y año tras año, las estadísticas y comparativas de la relación trabajo-sueldo de las mujeres, siguen demostrando que, a igual trabajo, nosotras cobramos menos. Es necesario porque día a día seguimos viendo como los estereotípos en los que nos han encasillado desde el inicio de los tiempos siguen vigentes. Seguimos siendo las que limpiamos, las que hacemos la compra, cuidamos a los niños, o a los mayores, hacemos dieta todas las primaveras para estar estupendas en verano y trabajamos fuera y/o en casa aunque estemos enfermas, porque, como decía un anuncio de un antigripal (aunque ya han cambiado el lema, no son tontos), las mamás no se cogen la baja.

Es muy necesario porque incluso en los nuevos partidos, esos que venían a revolucionar la política, a acercarla a lo que se vive en la calle, a poner los pies en la tierra a quienes hasta ahora nos representaban, que vivían en una urna de cristal, mantenida antiséptica para que el populacho que les vota no fuera a exigirles nada, faltaría más; esos nuevos partidos, digo, pecan de las mismas conductas que tanto les han afeado a los de siempre. LOS candidaTOS siguen siendo ELLOS, mientras que a ellas las utilizan para salir en todas las fotos del primer día, o plantean que la violencia de género no es tal, sino violencia intrafamiliar...je...como si la familia fuera el único lugar en el que las mujeres la sufren. Y para acabar de coronarse, los carteles que presentan para celebrar el Día de la Mujer están protagonizados por (oh, sorpresa) HOMBRES...Muy torpe por vuestra parte, chavales, pero mucho.

Por lo estas cosas y muchas otras que se ven en el día a día de una mujer cualquiera, en la que en ocasiones tiene que aguantar condescendencias, sonrisillas de medio lado, cuando no groserías o frases lapidarias cuando pretende salirse de su papel, es muy necesario todavía la celebración de mañana.

Pero si hay algo que lo hace absolutamente imprescindible y que me pone los pelos de punta, es el alarmante aumento de casos de violencia de género (y no en la familia, señor Naranjito...), tanto psicológica como física, entre los chavales.

Las generaciones que vienen detrás parecen haber asumido e interiorizado todos esos estereotipos y dejes machistas que tanto nos estamos esforzando en intentar eliminar. El hecho de que los chicos, y lo que es peor, las chicas adolescentes de hoy en día vean como normal que ellos controlen el móvil, las redes sociales e incluso el vestuario de sus novias, que las sigan viendo poco más que como un adorno bonito que llevar colgado del brazo, pensamiento que se ve reforzado con intensidad con esa música infernal que escuchan a todas horas y cuyos mensajes machistas y de cosificación de las mujeres son espeluznantes. El hecho de que ellas acaten ese papel, se cuenten anécdotas que a las que ahora pasamos de los 30 nos ponen la piel de gallina entre risitas, que vuelvan a dejarse manejar, que las que se niegan a verse atrapadas en ese papel se vean como marimachos, frikis, o cosas por el estilo, ESE es el verdadero problema.

Por eso en 2016 sigue siendo tan necesario el Día Internacional de la Mujer. Porque cuesta mucho luchar por los derechos, por la igualdad, pero, como estoy observando cada día con espanto, cuesta muy poco perderlo, volver a bajar los brazos, a aceptar que lo nuestro es estar en casa con la patita quebrada y a recibir a nuestro maridito a la vuelta del trabajo con una sonrisa, una copa de Soberano (cosa de hombres), la cena hecha, los niños acostados y bien dispuesta a echar un polvete antes de dormir, que para eso él se ha estado dejando el lomo en su trabajo.

Feliz Día Internacional de la Mujer a todas. Y todos.

domingo, 24 de enero de 2016

De tiempo y destiempos

Gijón. 24 de enero. Hace sol. Y no de ese sol de invierno que da gusto después de un amanecer gélido. Del que pica, del que te hace sudar en cuanto das dos pasos a un ritmo normal. Hace calor. 21º.
Hablo con la gente. Pongo la tele. Escucho la radio. Siempre las mismas frases. Siempre el mismo argumento.
Pues que buen día hace. Qué maravilla de tiempo. Da gusto salir a pasear, tomarse algo en una terraza, poder hacer vida en la calle.
No entiendo nada. Pienso en ello mientras miro una foto sacada hace cinco años en la que yo misma salgo abrigada hasta las cejas (siempre he sido friolera) mientras veo nevar en la playa de Gijón. No cuajó, por supuesto, pero eso sí que fue bonito, una maravilla de tiempo.
Puede que con los años me esté volviendo gruñona, que me empiece a costar asumir los cambios, como dicen que te pasa con la edad. A lo mejor a mis 37 (38 en agosto), estoy sufriendo una especie de viejunismo prematuro.
La verdad es que no le veo nada bueno a este calor a destiempo. Se lo podría ver si viniéramos (como pasaba cuando yo era niña, toma frase de viejuna...) de un otoño gris, lluvioso y frío. Pero no es el caso, ni mucho menos. Y no lo digo yo. Ha salido en todos los telediarios, se ha comentado en todas las radios, se ha visto por todo internet. Ha sido el otoño más cálido y seco en mucho tiempo.
Y el invierno no pinta mejor. Las previsiones parecen más de primavera que de invierno (porque sí, estamos en invierno), con una ausencia total de frío y de lluvia, y ya no digamos de nieve.
Me siento como un bicho raro en mi entorno, porque arrugo la nariz con fastidio cuando salgo a la calle y me pega el vaporazo, mientras que todo el mundo parece estar batiendo palmas con las orejas por este calor pegajoso y absurdo, que hace que te cruces con gente que se ha puesto el anorak por costumbre o porque lo manda el calendario, mientras tienen la cara colorada como si fueran a explotar.
El peque ha estado malito esta semana. Cinco días sin apenas salir de casa. Fiebre, mocos, tos...La pediatra dice que este año es increíble la incidencia de la gripe. Casi del 50%.Y se echa las manos a la cabeza pensando en la que le viene encima con el previsto repunte de la epidemia en febrero.
A lo mejor soy la única que le ve la relación con el otoño que hemos tenido y el invierno que estamos teniendo.
A lo mejor me estoy volviendo loca por no sumarme a la mayoría y bajar a la playa dando saltitos para tostarme en la arena (????), o decir eso de "¡pero qué día más bueno tenemos!". Puede ser. Lo de loca, digo, porque hay pruebas que apuntan a ello. Podéis preguntar a los que me conocen.
Sea como sea, miro la previsión del tiempo y veo que para mañana la máxima va a ser de 19º. Pues nada. A preparar el arsenal de antigripales, porque esto no va a traer nada bueno.
A cada tiempo, su tiempo.

jueves, 14 de enero de 2016

De fútbol e intensidades

Puesto que todo el mundo está opinando a sus anchas de lo que pasó en el partido de copa de ayer, no me voy a quedar callada, ya que estoy leyendo y, sobre todo, escuchando cada panoyada que me pone de bastante mala leche. Sobre todo porque se supone que todos estamos de acuerdo en que hay que erradicar la violencia de los campos de fútbol, sí o sí.
Flaco favor le hace a esa lucha que los comentaristas de radio justifiquen la agresividad de los jugadores porque para ellos es el partido más importante del año, o que otros digan que el partido de ayer fue ejemplar por parte de los jugadores cuando uno le da un puñetazo en toda la jeta al portero del equipo contrario, y otro le hace un placaje a Messi que le deja la cara como un tomate y un ojo morado.
Me canso de leer y escuchar que ese tipo de cosas son el recurso que les queda a los equipos pequeños para luchar contra los equipos que les multiplican el presupuesto hasta el infinito. ¿De verdad es ese un argumento válido? He visto equipos pequeñitos no, casi mínimos, salir al Camp Nou o al Bernabeu a dejarse el alma corriendo por un campo que es dos veces el suyo, luchar como titanes contra jugadores que se llevan en un día más dinero del que ellos se atreverían a soñar ganar en un año de trabajo y no pegar ni una sola patada.
Sin embargo, desde hace años, se está hablando en todos los programas de fútbol sobre el famoso "juego aguerrido" o "intensidad", cuando en realidad se tendría que estar hablando de equipos leñeros, como toda la vida se les ha llamado.
Por mi parte me niego a aceptar esa manera de jugar como un sistema de juego, porque hace precisamente todo lo contrario que se debería de ver sobre un campo. Constantes interrupciones, protestas estúpidas para calentar al jugador contrario y hacer que le saquen tarjeta, piscinazos, insultos...
Tema aparte es el de las pancartas, que en el caso de ayer y algunos otros partidos no tiene justificacion ninguna que la seguridad del campo del equipo local las haya permitido no solo en una o en dos, sino hasta en cinco ocasiones. Dejando aparte el mal gusto de lo escrito en las famosas pancartas, lo más preocupante del tema es saber como se las apañaron los gorilas de turno para meterlas en el campo cuando (dicho por un periodista que lo sufrió) se cacheó a todo el mundo antes de entrar. Así que es lógico pensar que las pancartas ya estaban dentro, cosa que embarra aún más el asunto, porque ello implicaría complicidad del club. O eso, o bien el equipo de seguridad del campo hizo la vista gorda, cosa aún más grave, porque si les han dejado pasar ese tipo de pancartas sin problemas, quien sabe qué más podrían llegar a pasar los energúmenos de turno.
No hemos aprendido nada de todo lo que ha pasado en los campos de fútbol en los últimos años. Partidos broncos hasta el límite de la agresión. Quedadas entre "aficionados" para apalizarse antes, después o incluso durante determinados partidos. Declaraciones incendiarias de jugadores, directivos o entrenadores. Titulares escandalosos y provocadores de panfletos de uno u otro signo, justificando lo que antaño condenaban y viceversa.
El fútbol es un deporte hermoso si se juega bien. No voy a tratar de convencer a los que ya lo tienen asimilado como fuente de garrulismo o incultura. Los verdaderos aficionados al fútbol saben que lo mejor de un partido no es que tus jugadores sean los mas bestias, ni los que mas ridiculicen al contrario, sino que sean capaces de hacer un juego bonito, rápido, con intensidad bien entendida, presionando sin hacer faltas, dejandose el aire en el campo para llegar de un extremo a otro, compitiendo con limpieza y sin patadas. Que se pueda acabar el partido y ver a los miembros de los dos equipos despedirse con un saludo y una sonrisa, no gritándose como animales.
Pero parece que últimamente lo que prima es el ganar como sea. Incluso presumiendo después de que no se ha zurrado tanto, porque si se hubiera querido, alguno de los contrarios sale en camilla.
Así entiendo que se carguen de razones los que denostan el fútbol y nos tachan a los aficionados de ganado.
Sigamos así pues.