viernes, 21 de julio de 2017

Chester

Ayer por la tarde me enteré de la noticia. Chester Bennington, el cantante de mi grupo favorito, se había quitado la vida. 41 años.

Empezaba el siglo 21 cuando escuché de casualidad una canción, "In the end", que me llegó como un disparo al corazón. La música, la letra, todo se metió en mi cabeza, pero lo que más me pegó fue la voz de su cantante. Por entonces ni siquiera sabía que grupo era el que había escuchado, y menos todavía el nombre que tenía esa voz desgarrada que me había impactado tan fuerte.
Luego vi el vídeo. Esa estética apocalíptica y oscura pegaba tan bien con mi estado de ánimo por aquel tiempo que no pude más que enamorarme del grupo. Y por fin le puse cara a la voz que me dejaba sin aire.

Me hice con el disco, Hybrid Theory, y en los peores momentos de mi vida, hundida hasta el cuello en la anorexia y con mil mierdas en la cabeza, me parecía que cada una de sus canciones hablaba de mi. "Crawling" la escuché unas cien mil veces. "One step closer" definía mi estado de ánimo. Me dejaba la garganta cantado "Papercut" . Ya estaba absolutamente enganchada. Y la voz de Chester me acompañaba en cada momento, tan peculiar, tan asombrosa. Sólo él era capaz de rompérsela en una estrofa y acariciarte con ella en la siguiente.

Unos años después llegó Meteora, y con el canciones que ahondaron más aún mi amor por el grupo. "Numb" es, ha sido y será uno de mis himnos. Con esa toqué fondo, y con "Breaking the Habit" apreté los dientes y volví a subir. "Somewhere I Belong"... bueno, pues eso es lo que yo andaba buscando, el lugar al que pertenecía.
En todos y cada uno de sus discos hay canciones que me han marcado. 
Minutes to Midnigth, me regaló "Given Up", canción que aún hoy utilizo para sacar la rabia cuando me quema por dentro. "Leave Out All the Rest" me hizo llorar tantas veces...
Y después llegó A Thousand Suns, con otra canción que me llegó y que suelo ponerme en los auriculares a todo volumen, "Waiting for the End". Otro himno.
Con cada uno de sus discos me pasaba lo mismo. Hacían un giro de 180º en su estilo, cambiando todo a lo que me habían acostumbrado. En todos ellos pensaba "pero que habéis hecho" la primera vez que los escuchaba. A la segunda ya me dejaba llevar, y en la tercera escucha ya les acompañaba con la letra. Incluso con el último, el que reconozco que más me desconcertó. Ahora tarareo sus canciones y las tengo asumidas como algo mío.
Nunca conseguí ir a uno de sus conciertos. Cuando me enteré de que venían a Madrid pensé que por fin sería el día. Al final no fui. "Para la siguiente", pensé. Que poco me imaginaba que no iba a haber siguiente.

Ahora su voz se ha apagado, y, aunque pueda sonar exagerado, un trocito de mi corazón ha muerto con él. Aún no me puedo creer que no vaya a poder verle jamás en directo.
Hoy he intentado escuchar alguna de sus canciones. No he podido. He apagado a la mitad. Todavía me duele demasiado intentarlo.
Volveré. No puede ser de otra manera. Su voz forma parte de mi vida. La ha acompañado en muchas ocasiones y seguirá haciéndolo.
No conocía muchos detalles de su vida personal. Tampoco me preocupaba demasiado. Hoy he leído que de pequeño sufrió abusos y que nunca lo superó, que tuvo problemas de alcohol y de drogas, que la pérdida de su gran amigo Chris Cornell lo dejó devastado y no se recuperó. Una vida rota, tan desgarrada como su voz.

Espero que estés dónde estés, puedas por fin encontrar la paz. Aquí se queda tu recuerdo en forma de canciones. Esas que me seguirán hundiendo y elevando hasta los cielos.
Descansa por fin, Chester.

miércoles, 8 de marzo de 2017

De mujeres afortunadas

Tengo mucha suerte. Me lo dicen siempre. No sé de qué me quejo. Tengo mucha suerte porque vivo en un país en el que como mujer puedo trabajar. No importa que haciendo el mismo trabajo, cobremos menos que los hombres, o tengamos que trabajar el doble de duro para demostrar que somos dignas del puesto, ni que tengamos que elegir entre ser madres o trabajar, ni que en caso de emergencia se dé por supuesto que somos nosotras las que debemos de renunciar a la carrera profesional.

Soy afortunada. Después de todo vivimos en un país en el que se nos respeta, dicen, no como en otros en los que te expones a ser violada, vejada, humillada o utilizada por el mero hecho de ser mujer. Eso aquí no pasa. Aquí ningún hombre se cree con derecho a decirte lo buena o lo gorda que estás, o lo que te haría, o llamarte puta porque se te haya ocurrido responderle que no te apetece escuchar su opinión sobre tu cuerpo, muchas gracias. Aquí ningún hombre se cree con derecho a meterte mano porque le apetece, porque después de todo, es que vas provocando, si sales vestida como te da la real gana.

Tengo mucha suerte. Aquí podemos caminar seguras por la calle, no como en otros países. Porque lo de que un grupo de energúmenos te violen porque vas borracha, o porque les apetece, que para eso estamos, eso sólo pasa en países como la India. Aquí no tienes que volver a casa a paso ligero por la noche, sea porque acabas de salir de trabajar, sea porque has salido un fin de semana y te toca volver sola. Aquí no se te acelera el pulso cada vez que te cruzas con un hombre que te mira un poco más de la cuenta, ni vas echando miradas cada diez pasos por encima del hombro, porque no estas segura de si ese grupo de chicos que te ha dicho de todo cuando has pasado por delante de ellos, ha decidido que si una mujer va sola por la noche es que está pidiendo guerra. Y que no se haga la digna y lo niegue, que eso lo sabe todo el mundo.

Soy afortunada. En este país no tenemos que ver en prime-time programas que nos dejan como un mero objeto de consumo y babeo, como un par de tetas con el aderezo de un culo y unas piernas que sirven exclusivamente para que el sector masculino de la audiencia se quede clavadito en el sofá y no se le ocurra cambiar de canal. Y si para eso hay que poner un buen escote a la presentadora, reirse de la invitada o que el presentador acose y humille a todo ser femenino que se cruce en su campo de actividad, pues se hace, faltaría más. Después de todo, para eso servimos, para adornar, ser objeto de adoración, de chanza o de babeo.

Tengo mucha suerte. No necesito que nadie me de permiso para abrirme una cuenta en el banco, viajar, o abortar porque yo lo he decidido. Eso ya es pasado. Ahora soy dueña de mi vida. Puedo hacer lo que me da la gana sin tener que dar mil explicaciones de porque he tomado una decisión o la contraria. No tengo que justificarle a nadie porque he decidido tener o no tener hijos. Nadie me va a juzgar porque haya tomado un camino u otro.

Y sobre todo, soy muy pero que muy afortunada. Después de todo en este país no corremos peligro de muerte simplemente por ser mujeres. Aquí no se nos mata por no someternos al hombre. Aquí todas somos libres de abandonar a nuestra pareja si nos maltrata.

Que suerte tenemos todas las que vivimos en este país, ¿verdad?