Volver por unos días al pueblo donde pasaste la mayor parte de tu vida provoca una mezcla de sensaciones que a ratos es difícil de gestionar. Sobre todo, si, como es mi caso, los recuerdos, aún suavizados por la distancia temporal, tiran más a amargos que a dulces.
No voy a hacerme la mártir y decir que mi infancia-adolescencia-parte de mi vida adulta fue difícil, sería un insulto a la gente que sí lo pasó mal durante ese período de su vida, como fue el caso de mis padres, por poner un ejemplo cercano, fruto de las situaciones familiares que les tocó vivir.
Sin embargo, tampoco voy a mentir, y decir que todo fue bonito, que tuve lo que quise y que hice lo que me dió la gana. Viví con la relativa comodidad de la clase media tirando a baja, y aunque es cierto que nunca nos faltó lo básico, también lo es que hubo épocas en las que tocaba apretar los dientes y tirar como se podía.
El sentimiento que me provocan estos días de vuelta a casa siempre es el mismo, una sonrisa triste, de esas cargadas a medias de añoranza y pequeños rencores con el pueblo que me vió crecer. Y ahora que me falta papá, más aún. Ese pellizco en el corazón cada vez que se abre la puerta nunca curará.
Siempre quise salir de aquí. Me sentía como un pájaro enjaulado, con pocas oportunidades para crecer y avanzar. Y a fé que lo hice. En cuanto pude me fui, sin mirar atrás y sin querer volver más allá de estos días de vacaciones o puentes.
Pero tampoco sería justo no decir que hay algo de terapéutico y curativo en estas visitas. En volver a sentarme en el alfeizar de la ventana del balcón a ver pasar el tiempo mientras el solete me da de pleno. A dar un paseo por las calles que tanto me pateé, muchas veces soñando con no volver a pisarlas. En ver como Leo disfruta del placer tan añorado de salir a jugar a la calle sin peligro alguno, la libertad de ir a darle unas patadas al balón con los amigos sin tener que estar supervisado por un adulto, las gamberradas inocentes, las tardes eternas en las que siempre es pronto para volver a casa, el cansancio de haber callejeado durante todo el día. Vivo a través de sus ojos esa infancia que yo tuve la suerte de tener y que no valoré en su momento, pero que ahora soy capaz de tasar a precio de oro.
Mañana volveré a mi ciudad. Ruidosa, contaminada, llena de gente que no te importa y a la que no le importas, con sus prisas, sus compromisos, y que a pesar de todo adoro. Y regresaré a mi rutina con las pilas cargadas, y con la sensación reconfortante de saber que, cuando lo vuelva a necesitar, tendré mi lugar de calma y descanso. El pueblo donde crecí y del que tantas ganas tuve de escapar.
lunes, 24 de febrero de 2020
miércoles, 1 de enero de 2020
2020
Espera lo mejor, prepárate para lo peor. Esa ha venido siendo una de mis máximas en los últimos tiempos. Sé que como filosofía de vida suena bastante pobre, pero siempre he tenido tendencia al pesimismo, y eso combinado con una sucesión de épocas convulsas, hizo que me escudara detrás de esa sentencia en muchas ocasiones.
Por una parte es una manera de protegerse. Si ya tienes en la cabeza que lo peor puede pasar, pues no te pillará con las defensas demasiado bajas si es lo que acaba ocurriendo, y oye, te llevas una alegría grande cuando no pasa. Pero también tiene un peligro, y es que te acabas conformando con lo mediocre, lo ordinario, lo que no te da la felicidad, es cierto, pero tampoco te hace mucha pupa. Eso es lo que me acabó pasando a mí.
Es cierto que lo de los propósitos de Año Nuevo no deja de ser un brindis al sol. Cuando cambiamos de año, nos sentimos con ganas de hacer cosas diferentes, de dejar hábitos tóxicos y de intentar mejorar nuestra calidad de vida cambiando nuestra manera de pensar. Luego llega el día a día y los buenos propósitos se complican, se enrevesan y se tuercen, así que en su mayor parte, los abandonamos y nos resignamos a volver a la normalidad.
Me gustaría pensar que este año va a ser diferente. El 2020 se abre ante mí como un año lleno de retos. Y no hablo de deseos comunes y algo vacíos como volver al gimnasio o retomar el curso de inglés, este año va de otra cosa.
El reto es cambiar mi vida. Sacudir sus cimientos y pegarle un buen meneo a esta mediocridad en la que me he visto envuelta casi sin saber como, pero fruto de mi tendencia natural al pesismismo y a bajar la cabeza. Se presenta un año duro. Lo tengo asumido, porque todo está preparado para que estalle una guerra, y tendré que armar las defensas. Pero esta vez no me voy a refugiar en la relativa comodidad de la sentencia de inicio. O espero ser capaz de no hacerlo.
Otra frase de esas muy repetidas y que aparecen en todas las páginas de motivación personal es esa que dice que si quieres resultados diferentes, no puedes hacer siempre lo mismo.
Bien. Pues ese será mi mayor desafío esta vez. Esperar lo mejor, y prepararme para que llegue.
Que la Fuerza me acompañe.
Por una parte es una manera de protegerse. Si ya tienes en la cabeza que lo peor puede pasar, pues no te pillará con las defensas demasiado bajas si es lo que acaba ocurriendo, y oye, te llevas una alegría grande cuando no pasa. Pero también tiene un peligro, y es que te acabas conformando con lo mediocre, lo ordinario, lo que no te da la felicidad, es cierto, pero tampoco te hace mucha pupa. Eso es lo que me acabó pasando a mí.
Es cierto que lo de los propósitos de Año Nuevo no deja de ser un brindis al sol. Cuando cambiamos de año, nos sentimos con ganas de hacer cosas diferentes, de dejar hábitos tóxicos y de intentar mejorar nuestra calidad de vida cambiando nuestra manera de pensar. Luego llega el día a día y los buenos propósitos se complican, se enrevesan y se tuercen, así que en su mayor parte, los abandonamos y nos resignamos a volver a la normalidad.
Me gustaría pensar que este año va a ser diferente. El 2020 se abre ante mí como un año lleno de retos. Y no hablo de deseos comunes y algo vacíos como volver al gimnasio o retomar el curso de inglés, este año va de otra cosa.
El reto es cambiar mi vida. Sacudir sus cimientos y pegarle un buen meneo a esta mediocridad en la que me he visto envuelta casi sin saber como, pero fruto de mi tendencia natural al pesismismo y a bajar la cabeza. Se presenta un año duro. Lo tengo asumido, porque todo está preparado para que estalle una guerra, y tendré que armar las defensas. Pero esta vez no me voy a refugiar en la relativa comodidad de la sentencia de inicio. O espero ser capaz de no hacerlo.
Otra frase de esas muy repetidas y que aparecen en todas las páginas de motivación personal es esa que dice que si quieres resultados diferentes, no puedes hacer siempre lo mismo.
Bien. Pues ese será mi mayor desafío esta vez. Esperar lo mejor, y prepararme para que llegue.
Que la Fuerza me acompañe.
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