Soy futbolera. Siempre lo he dicho. Disfruto de un buen partido. Llevo mis colores a gala y no me escondo. Jaleo los goles y sufro las derrotas. Comento las jugadas, aunque no pretendo saber más que nadie. Defiendo a mis equipos dentro de la lógica, y no suelo perder los papeles. Asumo las críticas al deporte que adoro, e incluso comparto muchas de ellas. Me harta tener que demostrar que no soy imbécil por el hecho de ver todos los partidos que puedo. Critico a dónde están llevando este deporte, en el que parece que últimamente lo único que importa es el dinero.
Hoy me han jodido, pero bien.
Hoy una panda de descerebrados (que son más de los que todos quisiéramos, aunque siempre que pasa algo se dice eso de son cuatro, no representan a nadie) me ha quitado de un plumazo todas las razones que siempre he tenido para defender mi afición.
Hoy les han dado argumentos a todos esos que dicen que el fútbol es un deporte de cafres, que idiotiza, que embrutece.
Y no es culpa en exclusiva de la panda de cabrones que han quedado para zurrarse, con el resultado más lamentable posible. Es culpa también de esos presidentes que han dicho que es cosa de los radicales, no de los equipos. Y lo es porque esos equipos son los que les permiten entrar en sus estadios, enseñorearse en sus gradas, acompañarles en sus desplazamientos y andar como Pedro por su casa por dentro y fuera de los campos.
Es culpa también de los periodistas que siempre les ríen las gracias, que se admiran de la fidelidad que sienten por sus colores, de la entrega con la que animan al equipo. La misma entrega, dicha sea de paso, con la que apedrean el autobus del equipo rival.
Los mismos periodistas que se afanan en azuzar rivalidades, en calentar los partidos, llevarlos al terreno del orgullo de una ciudad, de una región, de un país. Esos que se sacan fotos con las peñas más radicales, que les dan voz en sus programas o en sus artículos, que hacen que la información deportiva se haya quedado en un segundo plano, primando las estupideces. Que hacen campaña a favor de tal o cual jugador o equipo, desprestigiando y humillando a los demás.
Amo el fútbol, me encanta ver a mi equipo bordar un partido, me escuece cuando el rival nos pasa por encima. Canto cuando voy al estadio, grito desde casa cuando veo los partidos, discuto tácticas y cambios, les atizo a los míos cuando se lo merecen, reniego de la prensa que sólo siembra ponzoña entre aficiones y he dejado de ver, oir o leer la mal llamada crónica deportiva.
Por eso me duele el doble que pasen cosas como las que hoy han pasado. Que se organicen quedadas para matarse entre aficiones rivales, que se quite importancia a una tragedia como la ocurrida. Saber que la jornada que viene ya se habrá olvidado todo, que cada uno seguirá lo suyo, que entre todos seguirán hundiendo el deporte que amo, hace que me hierva la sangre.
Seguiré defendiendo a mi equipo, a mi deporte, pero también seguiré asqueada por todo lo que lo rodea, que no hace mas que dar la razón a todos los que piensan que ser futbolero es igual a ser un energúmeno.
Que nos devuelvan el deporte que nos han robado. Que se haga limpieza desde dentro. Los equipos han de eliminar a sus ultras, cueste lo que cueste. Los aficionados debemos de repudiarles, a los que van a los campos y a los que publican en los periódicos, que se hacen llamar periodistas, cuando sólo son forofos con licencia para decir lo que quieren. Algunos ya han empezado, otros siguen silbando y mirando hacia otro lado porque los ultras son los que dan dinero a los equipos. Espero que se pongan soluciones, aunque me temo que en algunos ámbitos, quizá sea demasiado tarde.
No hay comentarios:
Publicar un comentario