miércoles, 31 de diciembre de 2014

Balances

No soy de las que hacen balances cuando termina un año, la verdad. Pero en esta ocasión estoy lo suficientemente ociosa como para dedicarle un rato a esto de poner en una balanza lo ocurrido en 2014.

El año que ahora acaba ha sido bastante gris. Con momentos malos, rematadamente malos, días buenos y algunos memorables.

Unas vacaciones largamente postergadas, un trabajito inesperado (aunque más duro de lo que parecía), el inicio del cole de Leo, con sus recién descubiertas ganas de aprender y sus progresos, el nacimiento de mis sobrinos, conocer a alguna gente nueva que merece la pena, confirmar que otra que ya conocía es mejor de lo que pensaba, son las pequeñas grandes cosas por las que sonrío cuando echo la vista atrás.

Luego están las otras. Esas que me hacen torcer el gesto y que me bajan el ánimo. No es que hayan sido grandes desgracias, afortunadamente. Más bien ha sido como esa tortura conocida como la Gota Malaya. Pequeñas cositas que van cayendo una tras otra, sin prisa pero sin pausa, que al final te desgastan. No soy una llorona, aunque lo piensen algunos que se creen que me conocen, pero reconozco que todas esas cositas me han mermado el ánimo. Me he vuelto más pesimista, más cínica, más desconfiada.

Todo eso me lleva a mirar el día de hoy con la mayor indiferencia que recuerdo en mis 36 años de vida. Nada espero de esta noche, tan mágica y llena de sueños como me parecía en otros años, sobre todo cuando era sinónimo de salir con los amigos y de diversión, con la consabida resaca de año nuevo en la mayoría de las ocasiones. Hoy a lo máximo que aspiro es a cenar tranquilamente, encontrar algo medianamente potable que ver en la tele, y mandar algún que otro mensaje a ciertas personas de las que suelo acordarme en este tipo de momentos.

No quiero decir que no tenga esperanzas para el 2015, todo lo contrario. Yo siempre aspiro a conseguir todo lo que quiero, y procuro empezar el año con la mente limpia, para intentar que cada uno sea el mejor de mi vida.

El problema con eso es que, como muchas otras cosas, no depende de mí misma, por mucho que lo digan los gurús del pensamiento positivo. Puedo poner todo mi empeño en que me sucedan cosas buenas, pero que pasen, eso ya es otra cosa. ¿O es que a la gente desgraciada le encanta que les lluevan ostias? Pues eso...

En fin, que yo empezaba haciendo balance del año que termina y acabo reclamando mi derecho a ser una pesimista. Serán cosas de la edad.

Feliz año a todos. Sea como sea.

No hay comentarios:

Publicar un comentario