No soy ninguna experta en política, nunca me he vanagloriado de serlo. No suelo pararme a analizar sesudamente los programas de los diferentes partidos, ni leo las crónicas que hacen en los periódicos los que de verdad saben de ésto.
Veo las noticias, en diferentes cadenas (con sus límites, eso sí...) y tengo la radio puesta prácticamente doce horas al día. Esto no quiere decir que mis opiniones se basen en lo que digan unos u otros, pero tampoco voy a alardear de ser una analista.
Mis conocimientos sobre política son más un tema del vivir día a día. Me da un poco de pena cuando al hablar con alguien me suelta eso de "a mí no me interesa la política", porque, como dicen los creyentes, está claro que a los políticos les interesas tú. Una vez cada cuatro años les interesas tanto que son capaces de gastarse cantidades ingentes de dinero para hacerte pensar que te escuchan, te comprenden y harán todo lo que está en su mano para ayudarte. Creo que esa actitud se resume perfectamente en el famoso dicho del "prometer hasta meter".
A lo que voy con todo esto es a que, por lo que se ve, por fin algo está cambiando en la mentalidad de todos, en el sentir de eso llamado, el ciudadano de a pié. Se ve que al final, hemos llegado hasta un punto en el que ya no nos creemos nada, y ya toleramos pocas chorradas.
Este año vamos a tener una campaña electoral cada dos meses, con lo que supongo que acabaremos más que saturados de promesas, cifras, sonrisas acartonadas y palmaditas en la espalda con cara de comprensión total de nuestras circunstancias que darán todos y cada uno de los candidatos, desde el pepero hasta el de Podemos. No se salva uno.
Está claro que cada uno elegirá creer (o dejar de hacerlo) en lo que le de la real gana. Yo personalmente no tengo aún decidido mi voto. Y no porque esté esperando el programa de cada partido, porque no me creeré más del 20% de todo lo que me digan en ellos. Dudo porque no sé hasta que punto me fío de quien me fío, y hasta que punto me dejaré llevar por la ola de entusiasmo que parece que está arrasando en este país.
Desde luego, algo hemos de cambiar, y eso sí que está en nuestras manos, porque ha quedado probado que con los de siempre ya no podemos contar. Se han dedicado más a intentar asustarnos con los supuestos cocos bolivarianos que a contarnos qué es lo que van a hacer ellos para intentar sacarnos de la mierda en la que unos y otros nos han sumergido.
Estoy encantada con que los griegos hayan pegado un puñetazo en la mesa y hayan hecho un corte de mangas a Europa, el FMI, los mercados y todos esos fantasmas que en realidad se ocupan de que sus bolsillos sigan lo más llenos posible, y ponen cara de penita cuando miran la miseria que sus politicas han generado, pero sólo lo suficiente para dar bien el primer plano en las imágenes de los informativos. ¿O es que alguien va a intentar convencerme de que a Merkel, Hollande, o, ya puestos, a Mariano, le importa lo más mínimo lo que va a pasar con las miles de familias que han deshauciado durante este año? Pues no. Pero ojo, no nos llevemos a engaño, que los nuevos tendrán que demostrar que no sólo se ponen a la cabeza de las manifestaciones a gritar contra la troika, la casta o los sacrosantos mercados, sino que se remangan los pantalones, y se meten en el fango con el resto de los ciudadanos para capear este temporal que, por mucho que los Guindos y compañía nos quieran vender la moto, todavía no ha pasado.
Lo que me queda por esperar es que a los nuevos líderes, tan llenos de entusiasmo, tan jóvenes y con tanto poder mediático, no se les caigan las alas nada más sentarse en el despacho y no les frenen en seco cuando intenten cambiar lo que se ha visto que no funciona.
Ahora, a esperar los panfletos, los mítines, los discursos, las promesas y las palmaditas en la espalda. Pero con el cuchillo entre los dientes.
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